Así como sería imposible sostener que una novela, por su naturaleza, es superior a un cuento, trasladado al cine, lo mismo puede asegurarse en relación al corto y al largometraje. Que su duración sea menor (hasta 30 minutos), no dice nada, ni a favor ni en contra: la obra, al fin y al cabo, se define por su valor artístico: la historia y, sobre todo, cómo está contada; los recursos cinematográficos que se ponen en juego.
Hasta no hace mucho, el cortometraje aparecía como un género inferior, pero se trata de un prejuicio que está siendo parcialmente superado. Cualquier relato puede sostenerse en este formato, desde las tramas más complicadas hasta las más simples. Por eso, también está quedando atrás esa idea de que se utilizaba solamente para dar los primeros pasos de jóvenes cineastas. El corto, en realidad, es uno de los formatos en el que puede advertirse una mayor libertad para la experimentación artística, de la mano de la última tecnología. Basta tomar en cuenta la cantidad de festivales que existen en todo el país y las numerosas realizaciones.
Según la Ley de cine las salas cinematográficas deberían pasar un corto antes de la proyección de un largometraje, pero con frecuencia se amparan sosteniendo que un trailer equivaldría a un corto y de esta manera la ley no sería violada. Es decir, la ley no se cumple en los hechos. Se subestima esta producción; se la considera no rentable.
En ese sentido, el Festival Cortala es una buena oportunidad para tomar contacto con esta producción, con ese cine que no está agendado en las salas.